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divendres, 2 de desembre de 2016

EL SÍNDROME DEL “PSICOTERAPEUTA”

En 1976 la psicóloga social Christina Maslach, presentó ante un congreso de la Asociación Estadounidense de Psicología lo que definía como síndrome de BURNOUT (estar quemado, desbordado, fundido, desgastado, fatigado de forma crónica), basado en el análisis tridimensional de los tres constructos siguientes:

1. agotamiento emocional

2. despersonalización

3. baja realización personal,

Constató que dicho síndrome podía aparecer entre sujetos (profesionales) que trabajan en contacto directo con clientes o pacientes.

Con esta pequeña introducción, quisiera explicar lo que entiendo por el síndrome del terapeuta profesional, y especialmente en lo que supone trabajar diariamente en contacto con pacientes de diversas edades y con patología diversa.



No deja de sorprenderme el hecho de que mucha gente considere al psicoterapeuta profesional como una especie de amigo/confidente y charlatán, que obtiene dinero fácilmente por sólo estar hablando. Acompaña a esta idea la creencia de que es un trabajo fácil y que, aparentemente, cualquier persona mínimamente sociable y agradable, podría hacer lo mismo.

Permitidme aclarar que no todas las charlas son iguales, ni tienen el mismo propósito. Escuchar a alguien de forma terapéutica es otro mundo, os lo puedo asegurar.

Es necesario ser consciente en todo momento de lo que dice, siente, piensa, proyecta, intuye, verbaliza, cree, reprime, u olvida. Es como desenredar un gran ovillo de lana con multitud de nudos que impiden que el hilo fluya por sí sólo, a no ser que lo estiremos. 



Esta interacción bilateral requiere un estado de atención permanente visual y auditiva, improvisación, fluidez ideática, paciencia, empatía, tolerancia y capacidad de “acoger” adecuadamente al paciente.

El cansancio, se va acumulando progresivamente, pero el trabajo debe ser el mismo y con la misma intensidad desde el inicio hasta el final de la sesión.

Otro problema añadido e importante suele ser que los períodos de descanso (que deberían ser obligados) no se producen regularmente, ya que siempre surgen situaciones inesperadas que deben atenderse sin ninguna opción de aplazamiento, y de este modo, el esfuerzo a realizar se va incrementando progresivamente cuanto más son las horas de trabajo realizadas.

Al final de la jornada, acabamos realmente cansados, con niveles energéticos bajos, y con una importante necesidad de desconectar de todo un poco.

Muchos piensan que en todos los trabajos pasa lo mismo, y que no es para tanto, pero yo les diría que trabajar con pacientes cara a cara, no permite ni el más leve error de planteamiento ni de estrategia.

Por otra parte, la exigencia del paciente, es muy alta y con gran demanda de eficacia inmediata, lo cual, es totalmente imposible de satisfacer al momento exigido.

Todo proceso tiene su tiempo de sedimentación y asimilación, y sólo entonces, empezarán a notarse los beneficios esperados desde el primer momento.


Es por lo tanto una relación compleja, específica y muy estratégica, que requiere un buen desarrollo bilateral profesional/paciente, y que en ningún caso, podemos banalizar lo más mínimo.

La confianza y el saber escuchar, tal como comentaba, es básico para entrar progresivamente en el mundo de la percepción subjetiva del paciente, y por lo tanto, en cómo entiende él lo que pasa y ocurre.

Es habitual que la realidad objetiva no tenga nada que ver con la que la persona siente, siendo así otro inconveniente que debemos tener presente en todo momento.

El motivo de consulta por el que el paciente empieza un tratamiento, es en muchos casos muy distinto del problema que, en realidad, tiene el paciente.

Los temores, sensaciones diversas, y el cansancio acumulado procedente de las muchas intentonas de resolver el conflicto sin conseguirlo, generan expectativas pesimistas y un desánimo que repercute directamente en la creencia de que “hablando” pueda encontrarse una solución adecuada.

Las personas suelen tener una especie de guión interno que utilizan para actuar. Creo que será interesante que veáis un video de INPSIDE PSICÓLOGOS, que hablan de un “mapa emocional”, definido cómo una forma de orientarse y manejarse en nuestro mundo interno y externo. Se trata de un mapa diseñado a partir de nuestras experiencias más importantes, tanto positivas como negativas. Formado por fotografías de situaciones que hemos vivido, por recuerdos. Por tanto, se trata de un mapa que está en nuestra memoria, en nuestra mente, pero no necesariamente en la realidad.



El trabajo del profesional se orientaría a intentar entender ese mapa que nos enseña el paciente, y una vez repasado y estudiado, procurar sentarnos con él y buscar la mejor forma de entenderlo, trabajarlo y conseguir saber más de nosotros mismos, de lo que sentimos, de lo que pensamos y del porqué nos cuesta tanto sentir una sensación global de bienestar.

Con este post, solamente pretendo mostrar mi máximo respeto a todos los profesionales de la salud mental que día a día intentan acercar a sus pacientes a un estado de equilibrio consigo mismos y con su entorno.

Ánimo y no nos cansemos nunca de realizar esta labor. Una sonrisa vale mucho, y una lágrima, también. La satisfacción debe basarse en el constante intento de seguir avanzado para entender la complejidad de la mente humana, que por mucho que podamos ir avanzando, seguimos estando en una precariedad significativa.

Que cada experiencia que vivamos, y con cada persona que trabajemos, nos de la motivación suficiente para seguir creciendo en todos los sentidos.

Soy un hombre afortunado. Amo mi trabajo.

dimarts, 19 de juliol de 2016

LA SOBREPROTECCIÓN: UNO DE LOS MALES DEL SIGLO XXI

Es frecuente que en una tertulia de sobremesa de domingo por la tarde, se hable de las grandes diferencias de cómo se ha vivido la infancia entre las distintas generaciones de comensales (abuelos, padres, hijos, nietos).

Curiosamente, la sensación más generalizada suele ser la de que los más jóvenes son los que lo han tenido más fácil, ya sea por no haber vivido severas circunstancias ambientales (guerra, postguerra, hambre), ya sea por el esfuerzo de la familia por evitar privaciones en todos los sentidos.





En épocas anteriores, donde la supervivencia era mucho más vigente y aparentemente, más difícil que en la actualidad (teniendo en cuenta las circunstancias ambientales de las que hablaba antes), no se producía una sobreprotección como respuesta a la necesidad, sino más bien todo lo contrario, es decir, el objetivo era conseguir enseñar autonomía y desarrollar capacidad de ser independiente como primer escalón que casi aseguraba un buen funcionamiento personal y socio-familiar.

Preocupaban demasiadas situaciones como para “entretenerse en tonterías” como así decían nuestros abuelos, que habían vivido en su experiencia personal momentos muy duros, sin suficiente ayuda ni medios para poder continuar su vida de la mejor forma.

Quizá ese motivo fue el que empezó a cambiar un estilo educativo hacia los hijos: de enseñarles a sobrevivir, se pasó a facilitar en lo posible los obstáculos que se encontraran, para acabar sobreprotegiendo de forma sistemática y generalizada en todos los sentidos, con lo cual, y sin quererlo, se ha llegado a producir una grave atrofia de la capacidad de reacción personal, del sentido común y de la humildad del futuro adulto.

Al no enfrentarnos a los conflictos de nuestro entorno por nosotros mismos, podemos sentir que se produce un bloqueo y posterior remisión de nuestra capacidad de reacción y adaptación, y es esa situación la que nos lleva a ser mucho más dependientes de lo que deberíamos, con el agravante incluido de que si no tenemos ayuda, la exigimos, puesto que siempre la hemos tenido sin necesidad de pedirla.

A partir de ahí, empiezan graves problemas de convivencia y de situaciones emocionales muy dolorosas, tanto para el sobreprotegido como para la persona que sobreprotege.

Los malos tratos y exigencias, conllevan trastornos de conducta y demandas agresivas de ayuda y reconocimiento del deber y la obligación de tener que resolver lo que pasa “aquí y ahora”.

La intransigencia y falta de tolerancia se dispara y empiezan a notarse fluctuaciones significativas de cambios bruscos del estado de ánimo, que en muchos casos, acaban en manifestaciones patológicas que requieren intervención profesional.

Si lo valoramos de forma global, vemos que esa protección excesiva, ha sido la causante directa de la frustración ante el problema a resolver, y que al no haber podido adquirir el conocimiento desde pequeños, nos impide continuar avanzando.




Como podemos ver, toda causa tiene su efecto.

En mi humilde opinión, el miedo que los padres desarrollan hacia la situación que vive el niño fuera de su entorno de seguridad, es una de las causas más importantes y definitivas de sobreprotección.

Transmiten entonces ese miedo y sus acciones son excesivamente prudentes, con lo cual, no son conscientes de las limitaciones que esa actitud tendrá en el futuro adulto.

Su creatividad e iniciativa no se desarrollará como debería, con lo cual, al sobreproteger, lo que conseguimos es frenar la evolución y el proceso de maduración general del niño.

Y lo más curioso y significativo es que por mucho que advirtamos de la necesidad de no sobreproteger, se produce el efecto inverso en una gran parte de los casos. El miedo a fracasar como padres o a sentirse más responsabilizados de lo que deben, no hacen otra cosa que reforzar más y más esa dependencia que obliga a vincularnos de modo excesivo con nuestros hijos.

Los resultados son extremadamente negativos, nefastos y con un pronóstico a medio y largo plazo desolador.

Poco a poco, estamos hundiendo más profundamente la seguridad del niño en un pozo del que difícilmente podrá salir, si es que acaba consiguiéndolo.

Nuestras propias vivencias y experiencias, influyen directamente en la necesidad de controlar todo lo que acaece a nuestros hijos, para intentar evitarles los errores que nosotros cometimos, pero no somos conscientes de que lo que generamos es peor en sí mismo que el error: el niño no se equivocará porque no luchará con nada, todo se le da hecho y comprobado, con lo que atascamos su capacidad de reacción, y el hecho de elegir y ser crítico con su medio y con sus posibilidades.

No aprenderá a luchar ni a levantarse, no sabrá esperar y ser paciente, no conocerá la tolerancia ni la empatía, y la razón de todo ello, es que no lo necesita porque no debe decidir. Otros deciden por él. A lo largo de los años y cuando ya sea adulto, descubrirá con desconcierto que el mundo exterior no era ni de cerca tal como lo imaginaba, y su reacción más probable será tirar la toalla y dejer que las situaciones marquen su vida y su devenir.

La sobreprotección es sin duda letal. Nos encierra en una burbuja idónea que nada tiene que ver con la realidad. El futuro será duro, difícil y probablemente desastroso en casi todos los sentidos.

El miedo, la dependencia, la intolerancia a la frustración, la falta de creatividad, y la falta de desarrollo adecuado de las capacidades individuales, pueden llevar al desequilibrio mental, y como secuela, tener muchos problemas psicológicos que torturarán al joven adulto, que por sí mismo, prácticamente nunca ha conseguido nada.

El fracaso es en este caso podría llegar a ser inevitable, y las dificultades a afrontar se convertirán en obstáculos prácticamente insalvables.

Desenvolverse por uno mismo, ser capaz de tener autocrítica, ser tolerante con los errores y aceptarlos, escuchar y aprender de los demás, ser humilde en nuestros propósitos, saber escucharse a uno mismo, potenciar nuestros propios deseos y no esperar a que las situaciones se produzcan por sí mismas, pueden ayudarnos a superar esa sobreprotección.

Como conclusión a lo expresado anteriormente, me gustaría hacer hincapié en los muchos estilos de educación infantil existentes, que no son ni mejores ni peores unos que otros.

El único problema realmente grave se produce cuando el nivel de permisividad educativo es excesivo, con lo cual, no hay reglas ni normas ni límites que puedan ayudar a que los niños se controlen.

A partir de ahí, se inicia el largo y lento calvario de las primeras negativas de los niños, hasta la agresividad que puede llegar a ser muy manifiesta en una adolescencia, cada vez más difícil, larga y desestructurada.

Deberíamos actuar de forma preventiva y eficaz, ante una de las posibles causas más importantes de desapego afectivo, egoísmo y falta de empatía, de una gran parte de nuestros adolescentes, que no sólo va a dificultar nuestra vida familiar, sino que va a acentuar la sensación de dolor y de rechazo por parte de nuestros propios hijos.

Busquemos una mejor forma de conseguir un equilibrio sano y adecuado que nos permita tan solo poder vivir (no sobrevivir) en paz y armonía con lo que tengamos.



dimarts, 1 de març de 2016

LAS CURIOSIDADES EN LAS RELACIONES DE PAREJA

Cuantas veces nos hemos asombrado al tener sensaciones particulares, que aparentemente, no tenían un claro desencadenante en nuestra relación de pareja.

Desde mi punto de vista, como digo siempre, creo que lo mejor es explicarlo con un ejemplo. 

Ahí va uno de ellos ..... 

Supongamos que desde hace poco, estamos saliendo con alguien, a quién pretendíamos tiempo atrás, con lo cual, estamos en un momento de locura temporal transitoria, dónde solo vemos aquello que queremos ver, y por supuesto, nada más.



En este estado, parece que el tiempo se detiene y que nuestra mente se centra exclusivamente en esa persona tan importante, y desde ahora, imprescindible. Ofrecemos todo lo que tenemos, incluso lo que no sabemos si tendremos, pero lo importante es cuidar y dar a entender que solo tenemos una prioridad, nuestra pareja.

Nuestros esfuerzos por agradar y complacer no consiguen cansarnos, y es más, todo nos parece poco. En este punto empieza una pequeña cuenta atrás que sin elegirlo, recolocará a su lugar todas las emociones y sentimientos florecidos en estos primeros momentos tan apasionados de enamoramiento, deseo y dedicación.

Al poco tiempo, algunos meses quizás, entramos en la primera fase, y puede que empiece a aparecer una especie de sensación de ansiedad difusa que se nota en síntomas como los siguientes:


  • Problemas para conciliar el sueño como antes, o bien, despertar precoz, sueño intermitente o sueños agitados recurrentes, que no tienen razón de ser (o eso pensamos).

  •  Irritabilidad matutina, al medio día y vespertina, es decir, a lo largo de todo el día. 

  • Sensación de cansancio excesivo sin que a nivel médico exista indicio alguno (analíticas normales, funcionamiento orgánico normal, no problemas de tiroides, etc.).

  • Pequeñas añoranzas de los momentos que antes teníamos con los amigos, vaya, que echamos de menos alguna salida sin nuestra pareja pegada a nuestro lado, pero eso sí, con gran sentimiento de culpa.

  • Sensación de que puedo ser yo el que debo contenerme mucho más y no decir siempre lo que pienso, aunque sea una base la sinceridad desde el inicio y aprobada por ambas personas.

Se producen entonces ciertos puntos discrepantes que reflejan un pequeño descontento en ambas partes y que intentamos hablar y comunicarlo para resolverlo lo antes posible.

Pero en este punto, ya estamos en otro nivel, la segunda fase.

En esta segunda fase, empezamos a no ceder con tanta facilidad y a escuchar menos para imponernos un poco más. Iniciamos un pequeño forcejeo para intentar ganar con nuestro punto de vista al otro, y aunque podemos sentir algo de culpa, el nivel de la misma, es significativamente menor que al principio (ver primera fase).

Aparece entonces otro de los ingredientes especiales, la “suposición y/o duda” respecto a lo que veíamos en un principio, y lo que estamos viendo ahora. Está claro que algo ha cambiado y no sentimos la capacidad de mostrar tanta flexibilidad ni asertividad con las ideas del otro. Bienvenidos a la tercera fase, como en la película, que por cierto, también va de relaciones alienígenas.

En la tercera fase, las posturas de ambos son más consistentes y notamos una rigidificación progresiva de nuestra forma de pensar y sentir, que nos hace más vulnerables a discutir con determinación y una constancia, hasta entonces, inexistente. 

Negros nubarrones amenazan tormenta, y cuando se desencadena, sin ninguna duda, tragamos agua para satisfacer nuestra sed durante unos cuantos días.

Después del primer tsunami, impresionados por su destrucción, una tristeza apenada, una debilidad y una necesidad de generosidad “salvemostodo”, nos lleva a un acuerdo de “no agresión” y a mantener una calma ficticia para rearmarnos convenientemente hasta el siguiente tormentón. Esta es la cuarta fase , en la que vemos claramente que de lo que pensábamos a lo que es hay un buen trecho. El miedo hace su aparición con juegos malabares espectaculares:

¿Me he equivocado? ¿Debo continuar? ¿Sería mejor dejarlo? ¿Podré seguir solo? ¿Qué dirán los demás? 

Imagino que podemos hacernos un sinfín de preguntas, que en este momento, no soy capaz de exponer en este post, por falta de tiempo y espacio.

La quinta fase, es algo más retorcida y de augurios difíciles, y puede ponernos en una situación de enfermedad emocional, con vestigios de “muerte de pareja” si no lo remediamos. La dulce luna de miel, ha llegado a su fin, y lo mismo que al final del verano, empiezan las claras manifestaciones de la depresión POST-VACACIONAL.

Creo que estas cinco fases son lo suficientemente ilustrativas para describir un desarrollo afectivo en la relación de pareja, que seguramente, a muchos les parecerá que pueden identificarse parcial o totalmente con lo que ocurre. 


Volver a la realidad supone un duro golpe que no esperamos.

Es como si despertásemos de un sueño profundo y no pudiéramos creer lo que tenemos delante. La realidad, se transforma en un puño que golpea con dureza y exactitud. En poco tiempo se desmorona todo aquello que teníamos y esperábamos disfrutar.

No pretendo que seamos pesimistas ni negativos en lo que se refiere a las relaciones de pareja, pero es necesario ser conscientes del proceso que he descrito, para evitar en lo posible un malestar profundo y vital que requiere un duelo elaborado y mucho tiempo de sufrimiento para superarlo.

La realidad, es entonces una etapa de tránsito entre lo que suponíamos (pasado) y lo que se avecina (futuro), que curiosamente, vuelve a ser el centro de atención de nuestras próximas expectativas afectivas con un nuevo ciclo que puede repetirse de nuevo. 

El presente cobra mucha importancia como origen de lo que está pasando.

De lo ocurrido podría concluirse que en toda relación de pareja, se sufre un desgaste progresivo al estar conviviendo, y que solo con tolerancia, comunicación, comprensión y trabajo, conseguiremos que nuestra relación tenga un sentido y una continuidad en el tiempo.


Lo conveniente y lo que más nos gustaría, sería saber que podemos hacer para mantener viva la ilusión en nuestra relación de pareja. Expongo a continuación opciones que pueden ayudar, entre otras:
  • Sorprendernos con hechos sencillos.
  • Demostrarnos que somos importantes.
  • Cuidarnos y priorizarnos.
  • Acompañarnos en momentos complicados.
  • Compartir buenos y malos momentos.
  • Estar jugando a vivir en pareja, y como en todo juego, la teoría nos dice que nunca nos cansaremos mientras sea divertido. No olvidemos divertirnos en nuestra relación.
  • Que el deseo de seguir juntos sea fresco cada día, y por ello es necesario recordar, que lo único que realmente envejece, es el cuerpo, pero no necesariamente la mente, ni las emociones ni los sentimientos vinculantes.

Solamente así conseguiremos el equilibrio suficiente para satisfacer los paladares más exigentes, con lo que el desarrollo de la vida en sí, nos parecerá más plena y deseable. 

De todas formas, los comentarios de las parejas con una experiencia generalizada de muchos años viviendo juntos, convergen en el mismo punto, y es que la convivencia en sí, es uno de los detonantes del empeoramiento progresivo de la relación establecida.

Con el paso del tiempo, la relación se va apagando por sí misma y se transforma en una constante rutinaria dónde ambas partes aceptan con mayor o menor acuerdo la situación que mantienen, buscando en muchos casos, otras alternativas externas a ellos para compensar la falta de emoción presente con experiencias distintas, que al ser novedosas, generan interés, motivación y un pequeño paréntesis particular e individual, que disimula la falta de entusiasmo y apatía de lo que ya hace mucho que es habitual.

Afortunadamente, siempre existe la excepción de la regla, y algunas relaciones de pareja se salvan de la quema general. 

La posible explicación del porqué, la dejo un poco en el aire, y que cada uno se plantee que hacen distinto a nosotros esos afortunados que no entran en una de las estadísticas negativas que más dolor emocional produce, la separación. 








divendres, 19 de febrer de 2016

DIGNIDAD Y NEUROTICISMO

La dignidad (del latín: dignĭtas, y que se traduce por “valioso”), hace referencia al valor inherente del ser humano en cuanto ser racional, dotado de libertad y poder creativo, con opciones de modelar y mejorar su vida mediante la toma de decisiones y el ejercicio de sus libertades. Es un concepto que puede asociarse al hecho de tener respeto hacia uno mismo y a lo/los demás, manifestando un comportamiento adecuado, personal y socialmente aceptado como distinguido y ejemplar.

Visto así, la dignidad sería la capacidad de estar relajado, estable, centrado y con predisposición a valorar, juzgar, y actuar con tranquilidad ante cualquier posible situación que nos aparezca o que genere nuestra propia esencia.

Es por ello que podríamos decir que en ese sentido, la dignidad sería inversamente proporcional al neuroticismo, entendiendo éste como un rasgo psicológico que refleja la inestabilidad emocional y que define la personalidad del ser humano. 


¿Qué podemos considerar digno?

¿Dónde radican los límites de la dignidad?

¿Puede la dignidad fingirse o forzarse?




Es digno todo aquello que, generado por nosotros, emula un equilibrio global positivo y generalizado hacia lo que nos rodea. Viene a ser una ola que desplaza lo bueno allá donde va llegando, y genera a su vez, otra ola y otra, hasta llegar al fin del trayecto.


Los límites de la dignidad son tan amplios como cada uno desee y quiera. Pueden ser muy extensos o limitarse en determinados espacios, y sólo dependen de lo que cada ser humano quiera tener en cuenta. La consideración de los límites de la dignidad depende de la influencia de multitud de variables, entre las que nombraría: el nivel intelectual, nivel socio-económico, integración cultural, relaciones interpersonales, estructura familiar, capacidad de adaptación, tolerancia, aceptación de las normas sociales, motivación personal, inteligencia emocional, altruismo, etc…. 


La dignidad debería ser un estándar inimitable, es decir, que solamente se mostrara digno aquel que lo fuera en realidad, pero está claro, que en una sociedad como la nuestra, solemos creer más a aquello que se parece que no a lo que realmente es.

Por ello, si es posible fingir ser digno, sin tener ninguna capacidad adecuada para ello. 

Desolador.

Una persona inteligente puede mostrar seguridad, confianza en sí mismo, ser amable y empático, adaptarse bien a lo que sucede y tener control de lo que siente y expresa. En este caso, será muy difícil saber si su dignidad es o no fingida (¡¡¡que no nos pase nada!!!). 

De ahí la importancia de ambos conceptos unidos por un nexo antagónico, y a la vez, complementario: el enlace de la dignidad con el neuroticismo.

Una personalidad equilibrada podría caracterizarse por un alto grado de dignidad, siempre y cuando, ésta, sea sincera y real (no fingida ni forzada).

La condición humana, entendida como la experiencia de ser humano y vivir como tal, está influida por multitud de variables biológicas, psicológicas, sociales, culturales, y muchas más.

Si presuponemos una hipotética supremacía del ser humano sobre el resto de seres vivos, la dignidad debería ser el barco insignia de nuestra propia evolución y madurez, lo cual desgraciadamente, no es en absoluto cierto, y así hemos ido auto-eliminando civilizaciones poderosas a lo largo de la historia de la humanidad. Pero aún no es suficiente. Debemos arrasar con todo, y nuestro destino parece que en breve, será irremediable, cumpliéndose los peores presagios de un futuro incierto, devastador y apocalíptico. 

Sólo podemos reaccionar con la dignidad de reconocer los errores cometidos y aceptar las consecuencias de los mismos, y en lo posible, mitigar el caos producido compensándolo con un cambio de actitud radical en todos los sentidos.

Para ello es necesario remodelar y reconducir las conductas en un sentido más racional que emotivo, ya que parece que solo reaccionamos ante la obligatoriedad del cambio al haber agotado todos los recursos de los que hemos dispuesto, sin medida ni control.

La dignidad debería ser de importancia capital, pero solo para nosotros mismos, sin que únicamente nos motivase mostrarla como medio de justificación social. 

Nada resulta más mezquino que el aparentar lo que no somos, y esa es una de las razones que nos llevan directamente a muchos de nuestros fracasos de mayor magnitud.

El neuroticismo con el que estamos acostumbrados a vivir, y la falta de recursos altruistas y sociales, nos obligan a sufrir con un alto grado de ansiedad y de estrés contaminante, que no ayuda en absoluto a mantener un equilibrio emocional sano para adaptarnos de forma adecuada y satisfactoria al medio que nos rodea.

De otra forma, la dignidad con la que vivimos, suele ser escasa o inexistente, por mucho que nos cueste reconocerlo. El egoísmo, la avaricia, la necesidad de triunfar por encima de todo y todos, nos guía inexorablemente a nuestra propia destrucción como seres sociales.

Nos vamos encerrando en nuestra propia percepción del mundo y acabamos convenciéndonos de que todo aquello que nos pasa es injusto e intolerable, llevándonos a ser cada vez más fríos, solitarios y egocéntricos. 

Con esta exposición pretendo reflexionar sobre la posibilidad, si es que aún existe y es real, de cambiar nuestros propios valores desgastados con el paso del tiempo, y sin apenas fuerza alguna para poder subsistir por sí mismos. 

El aislamiento resultante es una de las causas que más ansiedad genera en cada uno de nosotros, si bien también es cierto, que ante la posibilidad de estar solo, solo son dignos los que siempre lo han sido. El resto, ni lo son, ni nunca lo serán.


Para finalizar me gustaría mencionar en una pequeña pincelada los efectos cruzados de interinfluencia entre manipulación y dignidad.

Que nadie dude ni por un momento, que estamos constante y continuamente manipulados por multitud de personas, situaciones, hechos, obligaciones, etc.

En este marco, la manipulación sería la antítesis antagonista de la dignidad.

No existe nada más indigno e inaceptable que la manipulación consciente de un ser vivo, sea humano o animal. No me gustaría entrar en polémica alguna, ya que no es mi intención provocarla en ningún caso.

Simplemente quiero incidir en un punto muy concreto, que a mi modo de ver es la clave del post que he publicado:

MIENTRAS EXISTA Y SE UTILICE MANIPULACIÓN DE CUALQUIER TIPO PARA CONSEGUIR UN FIN O UN OBJETIVO, LA DIGNIDAD ESTARÁ RELEGADA AL OLVIDO EN UN RINCÓN PEQUEÑO, OSCURO Y OLVIDADO DE NUESTRO INCONSCIENTE.