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dimecres, 11 de desembre de 2013

SER UNO MISMO: LA UNICIDAD COMO ESENCIA BÁSICA.

El ser humano es único en esencia, no tiene a otro semejante aunque si a quién asemejarse. Es por ello que desde la infancia, necesitamos modelos a quién admirar, que nos sirvan de espejo, pero siempre acabamos modelando lo aprendido con nuestra experiencia personal, personalidad, cualidades afectivas, habilidades sociales y según el nivel socio-cultural que integra nuestra persona en constante evolución.

Ser uno mismo, es más difícil de lo que parece, y es en ese sentido en el que no hay dos iguales. Nuestra esencia básica será la plataforma sobre la que estructuraremos todo aquello que decidamos hacer, teniendo en cuenta lo que comentaba en el párrafo anterior, y que sin ninguna duda, influirá en nuestro desarrollo a lo largo de nuestra vida.

La esencia humana es el conjunto de características permanentes e invariables que determinan nuestra naturaleza, y de ahí partirá nuestro camino hasta el final de nuestra vida.

La primera cosa que aprendemos es a vivir con los demás, siguiendo sus modelos y criterios hasta alcanzar una “supuesta” madurez suficiente para aplicar nuestros propios conocimientos y experiencias en el sentido de tener nuestra propia esencia como cuna de ser “nosotros mismos”.

Por consiguiente, pertenecer o formar parte de un grupo referente, es el primer obstáculo a ser uno mismo. Los condicionamientos vividos, facilitan adoptar distintas opciones personales según la conveniencia de la situación que nos determina, pero no necesariamente facilitan nuestras posibles elecciones según nuestro criterio personal. Es muy importante el concepto de “pertenencia” (a un grupo familiar, social, profesional,…).





¿Qué ocurre cuando nos mostramos como somos?

Probablemente ese es el “cenit” y no el “nadir” de la cuestión.

En general, los seres humanos, temen mostrarse como son, por las posibles consecuencias negativas (en todos los sentidos) que ello puede acarrear.

El miedo, la baja autoestima, la timidez, la inseguridad, el aislamiento y la falta de comprensión hacia uno mismo, dificulta enormemente que mostremos nuestro auténtico yo. Por ello, el valor que necesitamos para conseguir llegar a ese nivel, no siempre es alcanzable, ni posiblemente recomendable.


Probablemente y sin saberlo, lucharemos toda nuestra vida (conscientemente o no) para llegar a conseguirlo.

Hay claros ejemplos y en todos los sentidos de la relación directa existente entre no ser nosotros mismos y la insatisfacción personal:

· Cuantas veces nos sentimos mal haciendo algo que no queremos

· Cuantas veces aceptamos algo sin realmente necesitarlo o desearlo

· Cuantas veces nos repetimos una y otra vez que no seguiremos por ese camino

· Cuantas veces nos arrepentimos de algo y no lo expresamos

· Cuantas veces escondemos nuestras verdades más interiorizadas

· Etc.,

pero seguimos con dificultades para cambiar.

Las máscaras que mostramos al exterior son las que nos definen, las que nos acercan o alejan de lo que queremos, las que nos llevan por un camino que no hemos elegido, y las que nos obligan a seguir insatisfechos una vez más.

Podemos llegar a creer que podemos ser como los demás, y eso es una creencia que no debería tener credibilidad. Miramos demasiado a nuestro exterior y alrededores, pero prácticamente nada a nuestro interior.

Somos actores representando una multitud de distintos roles y papeles, que llegan a engañarnos a nosotros mismos. Y el problema más grave es que no nos damos cuenta y seguimos haciendo lo mismo.

A lo largo de la historia, hay claros ejemplos de personas que por ser “sí mismas” tuvieron frecuentes desenlaces trágicos, por lo que el miedo a que nos dañen o a que nos rechacen sigue causando estragos en nuestro yo más consciente.

Ya lo decía Oscar Wilde con mucho sentido del humor:

                              “Se tu mismo, ya que todos los demás están cogidos”

Tenemos que aprender a conocernos, a aceptar que nos equivocaremos, a creer que siempre podemos encontrar una alternativa mejor, a no desanimarnos tan fácilmente por mal que vayan las cosas, a seguir esforzándonos para ser coherentes con lo que sentimos y pensamos. En una frase: a seguir luchando por lo que realmente nos satisface como seres humanos con capacidad de ser felices.

Hay que saber aceptar la negativa de los demás, sus dudas respecto a lo que somos, que no podemos gustar a todo el mundo por mucho que nos esforcemos, pero lo que nos impide vivir bien es el defraudarnos con actos, comportamientos y actitudes que no se ajustan a nuestro ser yo mismo.

Aprendamos a ser más autocríticos y a flexibilizar nuestros criterios personales en el momento presente, huyendo de un pasado que ya no existe como realidad sino como un recuerdo, y de un futuro que aún no ha llegado y no es realidad.

Todos cometemos errores, pero nos parece que los nuestros son peores que los de los demás. Ser honesto puede ayudarnos mucho a encontrar ese equilibrio necesario para vivir mucho mejor.

Hemos olvidado por completo utilizar nuestro sentido del humor para reorientar lo que nos ocurre, y sería imprescindible recurrir de nuevo al humor para mejorar muchas de nuestras observaciones y percepciones generales.

Cuidémonos de nosotros mismos. Solemos hacerlo por los demás, pero cuando se trata de hacerlo por nosotros, es como si nos diera pereza, o nos diera igual. Es como si siempre pudiéramos esperar y en muchas ocasiones acabamos descuidándonos.

Ser nosotros mismos implica no compararnos regularmente con los demás, teniendo la capacidad de valorar lo que hacemos diferente (que no es ni mejor ni peor). Eso ayuda a reasegurarnos y a motivarnos para continuar mejorando nuestras auténticas posibilidades.

Recordemos que nuestra vida no es lineal: tiene subidas y bajadas que nos hacen sentir de formas distintas según las situaciones.

No siempre podemos reaccionar al instante, podemos dudar, necesitar más tiempo, y deberíamos respetar nuestra espera el tiempo suficiente sin atacarnos e infravalorarnos.

Nos debemos respeto y cariño, tal y como se lo damos a los demás, sin que nuestro ego se refuerce negativamente al hacerlo.

Alain de Botton, escritor y filósofo Británico-Suizo se ha ganado detractores en algunos de sus colegas a causa de las ideas expuestas en su libro “religión para ateos”, donde comenta las características para ser una persona completa (resiliencia, empatía, paciencia, sacrificio, modales, sentido del humor, consciencia de uno mismo, perdón, confianza y esperanza)

Le acusan de “olvidar el rigor intelectual” y centrar su trabajo en un tema propio de “vulgares libros de autoayuda”. Pero, como explica textualmente el autor:

“Vivimos en una sociedad en la que todo el mundo entiende que vayas al gimnasio para entrenar tus músculos. Pero si dices que estás trabajando “para transformarte en una persona más completa”, muchos te miran como si fueses “un rarito”. Yo no lo entiendo. ¿Acaso hay algo más importante?”

Los proverbios/dichos populares ya lo dicen:




Me gustaría acabar recordando que ser uno mismo implica un alto grado de sacrificio, esfuerzo y continuidad, y un convencimiento absoluto de que no somos ni mejor ni peor que nadie. Simplemente tratamos de ser justos y honestos con lo que sentimos y somos, sin que nos importe tanto lo que tenemos o lo que conseguimos.

Quizás valdría la pena intentarlo. Que cada uno, decida lo que quiera hacer.
Os dejo un video antiguo pero curioso y con contenido. Disfrutadlo.





dilluns, 18 de novembre de 2013

LA PERSONALIDAD: NUESTRO YO MÁS INCONSCIENTE

Nuestra personalidad es un conjunto muy amplio de todo tipo de variables caracteriales, heredadas, aprendidas y desarrolladas a lo largo de nuestros primeros años de vida hasta configurar un “YO” único y particular para cada uno de nosotros.

Ese YO debe aprender a subsistir y a desarrollarse en el medio en que vivimos dependiendo de la cultura y condiciones del estatus personal, familiar, social y profesional que nos circunda y caracteriza.

La personalidad puede ser reconducida, modelada y orientada según diversos criterios de necesidades, deseos, objetivos y convivencia, pero en la base y contenido, es la que forjamos progresivamente desde un principio.

¿Pueden cambiar las personas?

¿Seremos siempre de la misma forma?

¿Hay que luchar pro o contra nosotros mismos para cambiar?


Hay un sinfín de teorías al respecto, desde las más reduccionistas y ortodoxas, hasta las más innovadoras y flexibles.

Los aprendizajes constantes y la experiencia personal que nos permite tomar decisiones y evolucionar hacia aspectos determinados, son sin duda uno de los secretos mejor guardados de nuestro propio inconsciente.

Generalmente buscamos algo que nos satisfaga a cualquier nivel, y no siempre conseguimos lo que nos proponemos, siendo esa sensación la causante de los diferentes desórdenes de nuestra personalidad, y con ello, de la patología que “etiqueta” los desórdenes de nuestra actitud y conducta que tantos problemas nos generan a lo largo de nuestra vida.

Ese importante papel lo desarrollan los RASGOS de personalidad. Son éstos los que nos permiten diferenciarnos de los demás, y a la vez, compararnos unos con otros, en como pensamos, actuamos y somos en distintas circunstancias.

En la actualidad hay multitud de formas de averiguar los rasgos más característicos de la personalidad de todos nosotros, lo cual nos permite tener un conocimiento holístico mucho más completo que únicamente con la observación y la conversación.

Este es un detalle importante por lo que comentaba al principio del post: no siempre mostramos lo que somos, lo que queremos o lo que sentimos, ya que nuestro inconsciente maneja a su antojo esos rasgos sin que podamos concienciarnos adecuadamente.

Una de esas pruebas, que según mi experiencia, es capaz de hacernos expresar lo que somos y sentimos es el TEST DE LOS COLORES de Max Lüscher, que relaciona la personalidad en base a escoger unos determinados ocho colores (de mayor a menor preferencia).

En muchos ámbitos, al tratarse de una técnica proyectiva, no tiene la certeza diagnóstica de otras pruebas de contenido verbal, pero insisto en que me parece un instrumento muy valioso para orientar que es lo que nos determina generalmente, sin decirlo ni explicarlo verbalmente, basándose en la elección de los colores según prefiramos o rechacemos más o menos.

Un claro ejemplo sería el siguiente:

 
LUGAR DE PREFERENCIA
Colores
1º y 2º
3º y 4º
5º y 6º
7º y 8º
Azul
Deseos de Armonía
Armonía alcanzada
Imposibilidad de alcanzar la armonía en el momento actual
Deseo de armonía reprimido
Rojo
Deseo de actividad
Actividad efectiva
Actividad frenada
Rechazo de la actividad
Verde
Deseo de autoafirmación
Autoafirmación lograda
Necesidad de adaptarse
Dependencia
Amarillo
Optimismo


Miedo a las decepciones
Negro
Deseos de agresividad y enfrentamiento
Agresividad ejercida
Agresión reprimida
Rechazo de la agresión
Violeta
Vanidad
Sensibilidad
Capacidad empática
Escasa capacidad empática
Marrón
Deseo de satisfacción de necesidades corporales
Necesidades corporales satisfechas
Necesidades corporales reprimidas
Rechazo de las necesidades corporales
Gris
Deseo de neutralidad
Neutralidad alcanzada
Deseo de neutralidad reprimido
Rechazo a la neutralidad



Otro ejemplo es el MODELO INSIGHTS DISCOVERY, basado en los estudios de Carl G. Jung en sentido de que todos los individuos contamos con cuatro energías o rasgos de personalidad y que los diferentes balances entre ellos es lo que nos hace únicos.

El Modelo Insights asocia dichos rasgos de personalidad con energías cromáticas: Colores.


Se han establecidos numerosos debates referentes a la personalidad, en todos los sentidos, y reconozco que es muy difícil adoctrinar en ese sentido.

Por ponerlo algo más fácil, me remito a las preguntas que hacía al principio del post, en el sentido de si podemos cambiar o no es posible.

Valorando los años de trabajo como psicoterapeuta, creo que podría establecer una comparación que puede dar cierto crédito a lo que yo creo.

La personalidad es como la voz.

Cada uno tiene la suya. Las hay graves, agudas, fuertes, débiles, chillonas, afónicas, etc. 
Todos tenemos una voz que nos acompañará siempre, pero también es cierto, que la voz se puede educar, mejorar, dirigirla adecuadamente al exterior, modularla, y adaptarla tanto a nosotros mismos como a la situación que requiera unas condiciones determinadas.

Pues así concibo a la personalidad, como una voz que puede ser educada o no según cada uno y la situación que viva.

Es por ello que cuando algo va mal, no nos sentimos bien (a nivel introspectivo) o pensamos que algo nos está ocurriendo (a nivel comparativo), sería conveniente poder tener ciertos indicadores muy claros de que no vivimos bien y de que podemos hacer siempre un paso en otra dirección para mejorar nuestra situación.

Llegados a este punto, podría ayudarnos mucho conocer algunos de los síntomas más generales que se tienen en cuenta para plantear el posible patrón de personalidad inestable, patológico o amenazante, según los criterios diagnósticos del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-IV), y que son los los siguientes:

· Experiencias y comportamientos propios que se apartan significativamente de las expectativas de la cultura en donde desarrollamos nuestra vida (percibir e interpretar a uno mismo, a los demás y a los acontecimientos; responder emocionalmente de modo inadecuado; cambios importantes en la actividad interpersonal; dificultades para controlar los impulsos).

· Este nuevo patrón es persistente e inflexible y se extiende a muchas situaciones personales y sociales.

· Notamos malestar significativo o deterioro social, laboral, familiar o personal.

· Su inicio suele remontarse en la adolescencia o al principio de la edad adulta.

· Este patrón no es debido a los efectos de una sustancia (drogas) ni a una enfermedad médica (traumatismo craneal).

Al principio, las personas con estos trastornos no suelen buscar tratamiento por su cuenta. Tienden a pedir ayuda una vez que su comportamiento ha causado problemas graves en sus relaciones personales o en sus trabajos. También pueden buscar ayuda cuando están luchando con otro problema psicológico-psiquiátrico, como un trastorno del estado anímico o de dependencia con alguna droga.

Aunque lleva tiempo tratar los trastornos de personalidad, ciertas formas de psicoterapia pueden servir. En algunos casos, los medicamentos son un complemento útil.

Estamos pues ante un mundo que tiene mucho que explicarnos y que debemos ir conociendo a través de la experiencia en base a obtener los mejores resultados posibles en un claro y único sentido:

“Que la persona que lo padece consiga obtener un nivel de paz y bienestar suficientes para vivir su vida de forma gratificante y satisfactoria.”





divendres, 30 d’agost de 2013

LA NECESIDAD DEL PORQUÉ



Desde muy pequeños nos enseñan y hemos aprendido a preguntar el porqué de prácticamente todo. Parece que en nuestra cultura eso es muy importante y necesario, y consecuentemente, nos lo creemos y lo asumimos con naturalidad.

Muchas veces he imaginado otra forma muy distinta de funcionar, sin que nos preocupe tanto el “porqué” y sin que nuestro cerebro racional se adueñe de prácticamente todo nuestro ser.

Nunca he dudado de que una de las características típicas de inteligencia es “necesitar” entenderlo todo, pero no hasta el punto de convertirnos en seres rígidos, analíticos y reprimidos.

Con los años, renunciamos progresivamente a todo aquello que no es lógico, e incluso nos llega a parecer infantil e inmaduro comportarnos de forma espontánea e impulsiva.

Hemos llegado a un punto límite y estático donde solamente existe aquello que puede justificarse con bases lógicas y racionales.

Nuestra vida emocional recibe constantemente serios correctivos y nos produce una gran sensación de desasosiego y malestar personal, desembocando habitualmente en serios desequilibrios, disfuncionalidades, síntomas neuróticos y una clara tendencia a estar siempre con un ánimo disminuido y con pocas ganas y motivación para superar esa fase.




Hablando con muchas personas, notas su fatiga y su desilusión, su falta de energía y por encima de todo, la aceptación de que su vida ha cambiado y que deben conformarse con lo que les queda. Eso sí, siempre hay otros que son positivos y optimistas y funcionan de otra forma totalmente diferente.

Tengo la sensación de que cada vez tendemos a ser más radicales en nuestras propias elecciones, con lo que nuestra parte moderada, la que intenta equilibrar lo racional y lo emotivo, va desapareciendo progresivamente sin que seamos conscientes de ello. Pero como tendemos a un equilibrio y a una armonía universal, o bien somos racionales y lógicos de base, no aceptando lo que no pueda demostrarse, o bien somos emocionales y con una atracción por lo místico y lo que se aparta un poco de la explicación lógica.




Y es aquí donde se produce el conflicto: nos quedamos sin término medio, que nos permita analizar y sentir de forma holística aquello que ocurre a nuestro alrededor y en nuestro interior. Volver a ese equilibrio tan necesario como satisfactorio, nos cuesta mucho esfuerzo y trabajo, y en muchos casos, no llegamos a conseguirlo por más que nos esforcemos. 
Esa podría ser la primera causa de nuestro malestar. No podemos hacer ni sentir lo que queremos, sino lo que debemos. 
Nos cuesta dar una imagen exterior “no aceptada” y la respuesta suele ser siempre la misma: o nos reprimimos y aguantamos lo que nos pasa con las graves consecuencias que tiene esa opción con el tiempo, o explotamos y mostramos un actitud y un aspecto muy en desacuerdo con lo que nos rodea, y por lo tanto, tenemos graves problemas de aceptación y/o adaptación.


Este aspecto se relaciona directamente con el “mito de la uniformidad” explicado por el Dr. Melvyn Kinder. 
Se basa en la creencia de que todos somos iguales en nuestra composición emocional, y siendo “normales” y “saludables” deberíamos sentir y responder de la misma manera.

Sabemos que esta afirmación, no es verdadera, pero así nos lo explican y nos lo hacen entender. 
Cada uno acaba por forjar su propio destino y su propia vida, lo quiera o no, y aunque existan variables externas e internas que puedan determinar muchas de las situaciones que vivimos, somos los últimos responsables de las decisiones que tomamos y de la vida que decidimos desarrollar. 




Si podemos creer esa explicación, tenemos la posibilidad de ser un poco más “nosotros mismos”, es decir, de trabajar para conseguir el equilibrio necesario para vivir en lo posible con cierta paz, satisfacción y bienestar, y no solo por lo que conseguimos o por lo que nos ocurre, sino por la forma de interpretar y buscar la mejor manera de aceptarlo sin ser totalmente racionales ni totalmente emotivos-místicos.

Tal como decía al inicio del post, es muy importante preguntarse el porqué de todo, pero hay una importante diferencia al respecto. Esa diferencia viene dada por lo que nos enseña el tiempo: adquirimos experiencia, aprendemos a tener miedos que vamos intentando resolver, sujetamos nuestras emociones porque nos hacen daño, y nuestra única tabla de salvación a nivel de sentimientos se llama RAZÓN.

De niños, no conocemos el miedo, no tenemos experiencia. Podemos sentir emociones pero de inicio, no somos capaces de entenderlas. De ahí que nuestra vía de acceso al conocimiento sea conocer el porqué de todo. Nos falta algo fundamental que empezará muy pronto a cambiarnos la vida de forma definitiva, EL MIEDO.

No me refiero a un miedo concreto, sino al conjunto de todos aquellos miedos, que a partir de empezar a conocerlos, incidirán más o menos en lo que hacemos, sentimos o pensamos, en nuestras relaciones afectivas, familiares, sociales, profesionales, en el concepto de nosotros mismos y en las capacidades de las que disponemos para desarrollar el potencial con el que afrontaremos el día a día hasta el fin de nuestra vida.

Del miedo, hablaremos con mayor detalle en otro post.

Concienciémonos de lo que somos capaces de hacer y decidamos a favor de nosotros mismos, para poder exprimir al máximo la satisfacción que podemos obtener de lo que nos rodea y la que producimos a las personas que queremos y nos quieren.

La felicidad es resultado del bienestar, y sobre todo, de la PAZ con la que vivimos, que curiosamente, es lo más antagónico al miedo.





















dimarts, 14 de maig de 2013

EL ESTADO DE ÁNIMO QUE NOS CARACTERIZA

Puede que en más de una ocasión, nos hayamos preguntado si lo que "sentimos" o nos está pasando es “normal”.

Esta auto-pregunta no es fácil ni entenderla ni contestarla.

Solemos confundir lo que es “normal” con lo que es “frecuente”, y valoramos si estamos mejor o peor que otros a nivel comparativo, cuando en realidad, deberíamos salir de este marco rutinario que no nos ayuda en absoluto. 







Lo que consideramos normal, no tiene porqué ser frecuente. 
El concepto de normalidad debemos entenderlo como aquella situación personal global que más caracteriza a un promedio de población general de nuestra misma edad y condición. 
Es más un término estadístico, y por lo tanto, rígido a la hora de aplicarse a cada uno de nosotros. 

Me gustaría considerar que algo es “normal” cuando la sensación general que tenemos es de equilibrio, es decir, que aparentemente vivimos en una situación soportable en la que somos capaces de poder desarrollar nuestras capacidades, sensaciones, conductas y pensamientos de acuerdo con nosotros mismos y con los que nos rodean, de menor a mayor proximidad relacional y afectiva.

¿Cuándo podemos pensar que estamos realmente ansiosos y/o deprimidos?

¿Cómo deberíamos actuar en el caso de que lo estemos?

¿Qué pueden hacer los demás por nosotros? 

¿Cómo deben comportarse?


Hay un sinfín de preguntas que podemos plantearnos, y a la vez, nuevas interrelaciones que surgen de las propias preguntas. Es por ello que hablaré de los dos trastornos más vinculados con nuestro estado anímico: el Depresivo y el de Ansiedad.  



Tenemos intervalos de tiempo en los que nos encontramos más fatigados, desilusionados, cansados de que las cosas sean como son. 
Nos cuesta disfrutar de lo que hacemos y solemos ser más negativos/pesimistas sin saber del todo el porqué. Parece que nos sentimos desbordados e incapaces de afrontar nuestro día a día, y podemos incluso tener problemas de sueño (insomnio, despertar precoz) y de alimentación (falta de apetito, pérdida de peso). 
Sentimos que nos falta energía y bajamos el rendimiento general, dejando de hacer actividades y notando que nos cuesta mucho centrar nuestra atención por las dificultades de concentración y dispersión que mostramos. 
Si nos sentimos de esta forma, y a demás desde hace tiempo, podemos estar seguros de que nuestro estado de ánimo es depresivo y que, consecuentemente, NO es NORMAL. 
Es en este momento cuando podemos suponer que tenemos unos síntomas compatibles con un Trastorno Depresivo





También puede ocurrir que las preocupaciones nos generen sensaciones desagradables a nivel corporal y de funcionamiento orgánico. 
Nos sentimos mucho más sensibles y nos afectan mucho más las situaciones del día a día. 
Incluso podemos aumentar el consumo de alcohol y/o comida pero no por placer, sino más bien por necesidad.
 No podemos dejar de pensar en los estresores que nos rodean, y sentimos como una pérdida de control, que se nos va todo de las manos. Empezamos a evitar lugares concurridos y rechazamos en lo posible el contacto social. Aumenta el temor a estar o quedarnos solos, y a no ser reconocidos por lo que conseguimos, con la consecuente bajada de autoestima y la tendencia a estar mucho más irritable y sin ser capaz de tolerar la mínima negativa o cualquier hecho inesperado que nos obligue a cambiar lo previsto. 
La inseguridad empieza a ser constante y las dudas irrumpen con fuerza en todo aquello que pensábamos hacer. 
Al igual que en el apartado anterior, si es largo tiempo el que describe esta situación, nuestro estado de ánimo es ansioso, y por la misma razón, NO es NORMAL. 
Probablemente podemos sufrir un Trastorno de Ansiedad




Valoraremos entonces en que punto estamos, o bien en el que se considera normal, o en el que por no serlo, lo consideramos patológico.
No es tan difícil tener síntomas depresivos o ansiosos, pero ello no implica que, necesariamente, tengamos un trastorno emocional. 
Por la misma razón, en muchos casos podemos aceptar como normal estos síntomas, y en cambio, sufrir sin ser del todo conscientes un trastorno depresivo, ansioso o mixto del estado de ánimo. 




Para intentar tener un estado de ánimo suficientemente positivo, podemos plantear algunas recomendaciones que nos ayudarán a mejorar los síntomas que he expuesto anteriormente, y de esa forma, recuperar el equilibrio del que hablaba al principio del post como forma de situarnos en esa normalidad estadística. 

El primer paso es recordar que debemos esforzarnos para reconducir la situación, pero NO forzarnos. 
Intentemos aumentar la actividad y retomar las actividades de ocio con las que disfrutábamos.

Evitemos en lo posible los pensamientos negativos y centrarnos en las cosas que nos van mal. Procuremos ver las pequeñas cosas agradables del día y centrémonos más en lo que estamos haciendo que en lo que nos queda por hacer.

Dejemos de aislarnos de los demás y pasar solos mucho tiempo. 
La compañía y el relacionarnos nos ayuda a sentir que estamos acompañados y a sentirnos queridos y aceptados.

Aceptemos las limitaciones temporales que nos genera ese estado de ánimo, sin entrar en la autocrítica y la autodescalificación. Hacemos lo que “podemos”, y no necesariamente lo que “debemos”.

Afrontemos los problemas que tenemos, buscando ayuda y no apartándonos de lo que nos produce insatisfacción, temor o mayor grado de ansiedad. 
Cualquier pequeño avance en ese sentido puede ser trascendental en nuestra recuperación.

Volvamos a cuidar de nuestro aspecto físico en lo referente al aseo, ejercicio diario, alimentación y descanso. 
Mantener las necesidades básicas en un ciclo regular siempre es muy importante.

Acordemos descansar en pequeños períodos valorando lo que estamos haciendo mejor, sin pensar tanto en lo que nos queda pendiente y sin marcar objetivos rígidos y definidos. 
Cada día podemos tener variabilidad en nuestra productividad, por lo que es necesario y conveniente ser muy flexible en cuanto a autoexigencia se refiere.

No temamos decidir y actuar en consecuencia. 
Las dudas y la inseguridad suelen mantenernos en un estado rígido que no permite avanzar. Aceptemos que podemos decidir aunque el resultado no sea el esperado. 
Primero volvamos a hacer cosas, y progresivamente, ya intentaremos hacerlas de forma adecuada.

Aprendamos a relajarnos y busquemos momentos del día donde poder hacerlo. 
La relajación en si es una técnica preventiva ante la ansiedad. 
Es mucho más fácil relajarse cuando no estamos ansiosos, y a la vez, el estar relajados nos ayuda a impedir que los estresores ambientales incidan tan negativamente en nuestro estado de ánimo.

Para finalizar, sólo recordar que para que las cosas cambien en un sentido u otro, debemos necesariamente hacer pasos en algún sentido. 



Por muy mal que estemos y por mucho que lamentemos y nos quejemos de lo que nos pasa, todo será siempre igual si no variamos nuestra percepción de lo que ocurre, nuestros pensamientos al respecto, y nuestra forma de responder a los estímulos desencadenantes. 






El equilibrio emocional es posible, pero debemos trabajar para conseguirlo. 
No hay trucos ni secretos fuera de nuestro alcance. 
Simplemente hay que hacerlo.



diumenge, 28 d’abril de 2013

LA TERCERA EDAD


Con los años nuestro cuerpo se va oxidando progresivamente y va cambiando de forma significativa, tanto a nivel físico como a nivel funcional. 




Eso nos lleva inexorablemente a necesitar unas atenciones específicas que hasta el momento no eran necesarias. 

Empezamos a notar ciertas limitaciones que no siempre aceptamos, lo cual, influye directamente en nuestro estado anímico, y por lo tanto, también en nuestra forma de relacionarnos social y afectivamente con los demás.

Nos encontramos, por así decirlo, con un gran contenido rico en experiencia, conocimientos y aprendizajes, pero con una forma en constante envejecimiento por el paso inexorable de los años.

Hemos alcanzado la cima en nuestra evolución psicológica, y a la vez, descendemos progresivamente al “nadir” de la vida desde la perspectiva más físico-biológica. 



La tercera edad es el núcleo de población correspondiente a la gente mayor a partir de los 70 años de edad aproximadamente. 
En cualquier cultura y sociedad, las oportunidades en este grupo de población se reducen considerablemente. 
Pierden rápidamente oportunidades de trabajo, actividad social y capacidad de socialización, y en muchos casos se sienten postergados y excluidos. 
En países desarrollados, pueden alcanzar un nivel de vida aceptable, si reciben subsidio del Estado y tienen acceso a pensiones, garantías de salud y otros beneficios, al menos hasta el día de hoy.

Pero eso, desgraciadamente, no cubre en absoluto todas sus auténticas necesidades, que más que de seguridad y nivel económico, son especialmente afectivas y emocionales. 



En muchos casos, de la pareja inicial, sólo queda uno de los dos, y en este momento, tiene una trascendencia muy importante. 
Las carencias afectivas, las necesidades de compañía y las emociones negativas respecto a sí mismos, les encierran en un mundo propio, que en muchos casos, no saben cómo manejar.

Entramos de lleno en cuestionarnos una simple pregunta:

¿Podemos hacer algo más por ellos?

A lo largo de nuestra vida rara vez hemos dedicado tiempo suficiente a pensar que nos ocurrirá al envejecer. 
Parece que nos da mucho respeto este concepto, y lo vamos postergando hasta que un día, nos encontramos de frente sin poder evitar tener que enfrentarnos a lo que nos va a llegar de todas formas.

Cuantas veces nos hemos dado cuenta de que ese temor a envejecer, ha influido considerablemente a que nuestra conducta con nuestros mayores sea puesta en tela de juicio.

¿Qué tiempo hemos dedicado a acompañarlos cuando teníamos posibilidades?

¿Hemos expresado lo que sentíamos por ellos?

¿Les hemos incorporado a nuestra vida y han formado parte de nuestro día a día con suficiente continuidad?

Y así, podríamos seguir haciendo muchas reflexiones interrogativas de lo que podíamos o no hacer o seguir haciendo.

No pretendo entrar en la controversia de hacer críticas o juicios valorativos de cada uno, sino más bien, plantear que actitud afectiva es la adecuada para ese grupo de edad avanzada que no dispone ya del mismo tiempo que nosotros.

Y de nuevo, la variable tiempo, es la que casi justifica todo lo que podemos o no podemos hacer. 
Si en muchas ocasiones, no tenemos tiempo suficiente para nosotros mismos, tampoco vamos a tener tiempo suficiente para los demás. 
Pero lo más curioso, es que “tiempo”, si tenemos, aunque sea poco.

¿Lo aprovechamos bien? Esa es la pregunta que deberíamos plantearnos y responder.

Como en todos los intervalos de la vida, en esta última etapa resulta necesario replantearse algunas actitudes y comportamientos que, en un futuro próximo, no nos generen sentimientos de culpa y malestar personal.

La vida tiende a nucleizarnos cada vez más, encerrándonos en nuestra familia más directa, dejando cada vez más los lazos fraternales y familiares de grado no directo.

La gente se siente mucho más sola que en ningún otro momento de la historia de la humanidad, aunque no lo exprese ni lo verbalice. 




Las conductas sociales y las pautas actuales de relación, no permiten en algunos casos según que actitudes emocionales y el problema derivado de esa presión normativa implícita, tiene sus claras consecuencias en el desarrollo de respuestas afectivas a nivel interpersonal.

No siempre es posible hacer lo necesario, pero lo que se pueda hacer siempre será importante si tenemos en cuenta la regla de oro, que no es otra que la que afirma que sirve mucho más la calidad de la relación ofrecida que la cantidad.

Cada vez la longevidad es mayor, gracias a las nuevas tecnologías y a los avances en salud de la medicina moderna, pero los sentimientos y los afectos son como han sido siempre. Cuantos más años pasan, más podemos necesitar saber que importamos, que aún nos necesitan y que por encima de todo, que desean nuestra compañía sin que ello suponga un problema para los que nos rodean.

Ninguna persona mayor quiere ser un problema, ni una carga, ni generar una forzada dependencia para con alguien. 
Sólo quiere sentir que aún tiene algo que ofrecer, que puede ser útil y que por encima de todo, agradecerá un trato afectivo y cercano por parte de los demás.

Ese momento, seamos o no conscientes, nos llegará a todos y cada uno de nosotros, y es por ello que debemos concienciarnos cuando sea el momento oportuno.

La pena y la culpa, no nos ayudarán a sentirnos mejor cuando ya no tengamos ocasión para poder hacer nada. 
Solamente recordaremos algunas situaciones y ya no las variaremos nunca más.

En la vejez, la prioridad más importante radica en intentar mantener lo que se ha ido acumulando a lo largo de la vida, es decir, en no perder aquello que tanto ha costado conseguir. 
Aceptar lo que viene y asumirlo, requiere un gran esfuerzo personal, que sin duda ninguna, puede ser mucho más fácil si uno se siente acompañado, comprendido y querido.

La idea de la enfermedad, el cansancio y dolor acumulados, y la posible muerte ya más cercana, impactan en la tercera edad sin ninguna duda. 
El tiempo deja de ser un tópico teórico para transformarse en una cuenta atrás que ya no es posible frenar.

Las realidades son sustituidas por los recuerdos y sólo queda una opción, esperar.

El cómo se viva esa espera dependerá tanto de la propia persona como de los que la rodean. Ahí es donde podemos hacer alguna cosa. Que cada uno decida la implicación que debe o desee sentir.

Por mi parte, y después de muchas conversaciones a lo largo de muchos años, creo conveniente sugerir que por poco tiempo que tengamos, siempre podemos dedicar una parte a alguien que queremos, aunque no sea necesario.

La libre elección de hacer algo porque así lo sentimos, es mucho más placentera y satisfactoria de hacerlo porque debemos. 
Que no nos perjudique el no haber sido capaces de concienciarnos antes.





dimecres, 24 d’abril de 2013

¿QUE SUPONE EN REALIDAD ENFADARNOS?

Enfadarse, consiste en tener enfado, y éste, se define como el sentimiento que experimentan las personas cuando se sienten contrariadas o perjudicadas por algo u otras personas (falta de respeto, desobediencia, error). 
Generalmente, nos enfada todo lo que se opone a nuestro gusto, inclinación o elección. 
El enfado siempre puede aparecer en diversas situaciones que nos disgustan y/o perjudican de algún modo, al igual que se vincula a esperanzas supuestas, que por una razón u otra, no se han desarrollado como esperábamos. 

Tiene muchos sinónimos. 






Enfadarse supone mucho trabajo a nivel hormonal

A este nivel, parece que la acumulación de cortisol es muy excesiva en las personas que tienden a enfadarse.

El cortisol es un glucocorticoide producido por la glándula suprarrenal. Suele liberarse como respuesta al estrés.
En general, aumenta de forma significativa al despertar y al atardecer, coincidiendo con los ciclos de mayor necesidad de energía (al despertarnos) y con los síntomas de fatiga o cansancio que se producen al ir acabando el día (atardecer). 
Se han observado pautas diferentes de los niveles de cortisol sérico en relación con los niveles de ACTH anormal (adenocorticotropa), con la depresión clínica, con el estrés psicológico y con factores de estrés fisiológico (tales como la hipoglucemia, enfermedades, fiebre, traumatismos, cirugía, miedo, dolor, esfuerzo físico, temperaturas extremas....). 

Con ello lo que se deduce es lo siguiente: cuanto más se enfada uno, más puede enfermar. 



Los enfados causan muchos problemas de salud. 
Los profesionales de la Salud indican, además, que tales sentimientos negativos agravan e incluso provocan males (úlceras, urticaria, asma, enfermedades de la piel y problemas digestivos).
En un estudio reciente realizado en la Universidad de Stamford, de Estados Unidos, se observó que cuando se les pedía a personas que padecían del corazón que recordasen incidentes que todavía les enojaban, la capacidad de su corazón para bombear sangre disminuía en un 5%. 
Aunque dicha disminución no era de carácter permanente, los médicos la consideran significativa, pues cada vez hay más pruebas de que las personas iracundas tienen muchas más probabilidades de enfermar del corazón que las pacíficas.

Ello no debe significar en ningún caso que expresar nuestro enfado sea negativo o insano, sino todo lo contrario. El problema radica en la forma en que se hace.
Reprimir y controlar nuestras emociones hasta el punto de no expresar lo que sentimos, es de las peores cosas que podemos hacer. 
Igualmente, expresar de forma impulsiva y con toda nuestra capacidad el enfado que nos ha producido algo o alguien, produce daños severos en nuestra salud y nos deteriora de forma significativa. 

Tenemos que encontrar una manera adecuada de expresar lo que sentimos sin descontrol impulsivo y sin agresividad patológica.
Partiremos de un supuesto básico para responder bien ante el enfado, teniendo en cuenta, tal como decía, que debemos expresarlo, contenerlo en lo posible y calmarnos convenientemente. 




Expresar lo que sentimos, siempre es necesario, sea cual sea el sentimiento que contengamos.
Eso sí, hay que buscar la forma más adecuada de hacerlo. 
La forma utilizada requiere un mínimo conocimiento de mi mismo y de mis interlocutores, puesto que de ello depende esa posibilidad. 
Si no noto que mi expresión de sentimientos es incorrecta o poco propicia, puedo perjudicar a los demás sin ser consciente de ello. 
Sólo puedo entender que ocasiono dolor, cuando yo mismo lo noto en mi interior. Este es pues el principio básico para aplicar empatía, consciencia de cómo estoy, y expresión de aquello que siento y que llegará al otro por vías aceptables (sin imposición, juicio, rabia reprimida ni necesidad de castigar y/o agredir al otro). 
Expreso una sensación o un sentimiento, nada más. 

Contenerse no es sinónimo de reprimir ni de no expresar. Todo lo contrario. Al ser más consciente de lo que siento, puedo saber cómo me está afectando, y es entonces cuando regulo que aquello que exteriorizo, pueda llegar correctamente a los demás. 
Es especialmente importante encontrar un equilibrio dual entre lo que puedo proyectar al exterior y lo que recibe el otro de mi proyección. De ese modo, la posibilidad de enfrentamiento y conflicto se reduce de forma significativa. Ese equilibrio dual, nos ayuda no sólo a ser conscientes de nuestro exterior, sino a serlo de nuestro interior. 


Calmarse, facilitará que la atención hacia nosotros se mantenga y perdure. La excitación producida por el enfado puede generar actitudes defensivas de los demás, que nos impiden la consecución de poder expresar lo que sentimos, y que consecuentemente, no consigamos nuestro objetivo. La calma nos tranquiliza y favorece que no se produzca un distanciamiento, que de otro modo, sería prácticamente insalvable. 

El enojo es una señal de emergencia, que nos indica que algo está ocurriendo. 
Para resolver esta situación, el sistema nervioso activa y prepara nuestro cuerpo.
Generalmente, la primera respuesta del cuerpo al enojo es una aceleración de la respiración para absorver más oxígeno. 
Cuando respiramos más rápidamente, nuestro corazón bombea a mayor velocidad. 
Esto aumenta la presión en las arterias. 
Puede ser que también empecemos a sudar. 
Eso ayuda a refrescar nuestro cuerpo. Si nos miramos ante un espejo, podremos ver que nuestras pupilas están más dilatadass.

Podemos incluso enrojecer o palidecer. Las manos también pueden enfriarse. 
El cuerpo utiliza mucha energía cuando nos enfadamos. 
También podemos temblar. 
Las personas con problemas físicos pueden experimentar dolores en el pecho. 
Enfadarse muy seguido puede agotar las reservas de energía del cuerpo. 
La salud del cuerpo se pone en peligro cuando experimenta tensión adicional por sentimientos de enojo. 
El enojo puede causar tensión en los sistemas principales de nuestro organismo como el circulatorio, respiratorio y nervioso.

Reconocer los signos físicos y los efectos que el enojo tiene en la salud del cuerpo puede prevenir daños posteriores difíciles de resolver.

Por esas razones, convendría conseguir disminuir en lo posible los enfados que acaban lentamente con un buen equilibrio personal de las emociones y de las relaciones interpersonales.


Entre otros especialistas, el Dr. Charles Spielberger de la Universidad del Sur de la Florida en Tampa, y el Dr. Jerry Deffenbacher de la Universidad del Estado de Colorado, nos proponen una serie de estrategias para controlar el enojo y ayudar a tranquilizarnos:

1. RELAJACIÓN. 
Aprendiendo a respirar correcta y profundamente, controlando la tensión muscular, visualizando experiencias relajantes y practicando estos ejercicios recurrentemente.

2. RESTRUCTURACIÓN COGNITIVA. 
Intentando cambiar la forma de pensar habitual. Evitar dramatizar excesivamente, autocompadecerse, ser más razonables, actitudes que no nos aparten de los demás, buscar posibles soluciones al problema, recabar más en la lógica que en la ira y reducir el nivel de exigencia o cambiarlo por un “deseo en conseguir”.

3. RESOLUCIÓN DE PROBLEMAS. 
Mostrarse paciente y tolerante con las dificultades que se presentan al intentar resolver el conflicto, sin darse en seguida por vencido.

4. COMUNICACIÓN. Es importante no dejar de hablar cuando estemos enfadados, y a la vez, intentar escuchar lo que nos dicen. 
Tomemos un tiempo de espera para evitar impulsos negativos.

5. SENTIDO DEL HUMOR. 
Nos ayudará a tener una perspectiva más amplia de lo que está sucediendo. 
Todo lo que podamos percibir como algo gracioso y externo a nosotros, nos ayudará a salir de ese camino hacia el enfado. 
No hay que irrumpir en la ironía propia ni referida. 
Es bueno intentar no tomarse todo tan a pecho.

6. VARIACIÓN DE NUESTRO ENTORNO. 
Rompamos el marco donde se produce el problema. 
Salir de él y darnos un pequeño respiro con lo que ello supone, puede sernos de gran ayuda.

El Dalai Lama nos dice: 

“Si nuestra mente se ve dominada por el enojo, desperdiciaremos la mejor parte del cerebro humano: la sabiduría, la capacidad de discernir y decidir lo que está bien o mal.”



Aristóteles expone que:

Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.”


dissabte, 20 d’abril de 2013

LA PSICOSOMÁTICA (PSM)

La Psicosomática (PSM) estudia la interrelación o interinfluencia de la psique (Psico) con el cuerpo (Soma), es decir, de los factores psíquicos y emocionales con los trastornos funcionales y enfermedades del organismo.

Hoy en día, ya no se pone en duda la importancia de los efectos emocionales en enfermedades, o bien, en el malfuncionamiento de un organismo, que no tiene forma de expresar su malestar de otra manera.

Quizás para enfoques muy reduccionistas y estrictamente biologistas, se valore como una posible alternativa meramente indicativa, pero nunca con un valor suficientemente científico. 




De nuevo estamos en el mismo dilema dicotómico, que nos hace valorar el síntoma como una enfermedad, o por otra parte, el síntoma es una expresión ligada a un malestar emocional, y no podemos verlo únicamente como una enfermedad física.

Seguimos necesitando encontrar sentido a todo y que pueda explicarse de forma científica. De este modo, lo único que conseguimos es alejarnos de un equilibrio integrador, y por esa razón, sigue la lucha dual corazón-cerebro, o de otro modo, ciencia y emociones




Una vez comentado este punto, el mejor enfoque aparente para estudiar y aprender más sobre como expresa nuestro cuerpo su malestar, independientemente del porcentaje de emoción y ciencia que se esté produciendo, es el dual integrador.

Hablaríamos entonces de una psicología integradora y tal como la define Amalia Estévez, psicóloga y escritora argentina, creo que se entiende perfectamente:

- “La psicología integradora es un enfoque sintético de la mente, que permite la comprensión teórica ampliada de ese vasto y complejo universo que es el ser humano interior, su salud, sus enfermedades, y sus caminos graduales de crecimiento, evolución y plenitud.”

Ese es un buen punto de partida para estudiar la psicosomática, y no parece desde ese punto de vista, un hecho poco consistente ni pseudocientífico. 




Volvamos al núcleo principal de lo que comentaba. 

El cuerpo no sabe hablar ni quejarse de lo que siente, y utiliza un medio sabio para poder explicarse, que es lo que conocemos como trastornos psicosomáticos, que también se han denominado recientemente factores psicológicos que afectan al estado físico.

Este tipo de trastornos, son evidentes en los niños (que aún no pueden expresar a través del lenguaje lo que les ocurre a nivel anímico y emocional), así como también lo son en adultos con dificultades de expresión de sentimientos (alexitímicos) y/o ante factores estresantes graves (muerte de un familiar, separación, etc.).

Según como sentimos, o como vivimos estas situaciones, podemos desarrollar o inhibir determinados estados funcionales corporales. Se han realizado numerosos estudios para intentar valorar que tipo de patrones de personalidad y de conducta pueden ser causantes de tener más o menos problemas psicosomáticos.

Hay tres patrones de conducta tipo según el estrés al que pueden someterse por sus características. Son los siguientes:

1. TIPO A
Son impacientes, con tendencias hostiles, alto o muy alto nivel de actividad, lo necesitan todo “ahora mismo”, excesiva implicación que no les permite descansar ni ociar lo suficiente, muy competitivos, dominantes, rápidos en sus quehaceres aunque no necesariamente precisos, autoritarios, inquietos, agresivos, con dificultades en sus relaciones sociales, de pensamiento rígido y poco empáticos. 
SON MUY PROPENSOS AL ESTRÉS. 
Las cardiopatías e infartos están al orden del día.

2. TIPO B
Son casi opuestos al tipo A. Sueñen ser pacientes, tranquilos, y calmados o relajados. No necesitan hacer muchas cosas, ni hacerlas deprisa. No se sienten superiores a los demás y disfrutan de su tiempo de ocio y de descanso. Se rigen por la calidad de lo que hacen y no por la cantidad de lo realizado. Suelen ser más creativos, y tienen mayor reconocimiento y aceptación social. 
NO SON PROPENSOS AL ESTRÉS. 
Muestran pocos o ningún trastorno psicosomático.

3. TIPO C
Son personas poco asertivas y son dependientes, sometiéndose con facilidad a los deseos de los demás. No tienen en cuenta sus propias necesidades ni sus preferencias. Suelen ocultar sus emociones negativas y tratan de aparentar positividad y calma aunque sientan tristeza y desánimo. Pueden sentir ira y rabia, pero son incapaces de expresarla. Se contienen y reprimen con dureza y de forma excesiva. 
SON RELATIVAMENTE PROPENSOS AL ESTRÉS. 
Su estado puede favorecer el desarrollo de diversos tipos de cáncer. 




Una vez explicados las conductas tipo, podemos hablar de los distintos tipos de desórdenes psicosomáticos más frecuentes en nuestra cultura y medio socio-afectivo. Destacan:

- Cardiopatías (angina de pecho, infarto de miocardio)

- Asma bronquial

- Colon irritable

- Lumbalgia

- Cefalea funcional

- Infertilidad psicógena

- Eczema


Eso no significa necesariamente que tener esos trastornos puntualmente, implique tener el problema psicosomático. 
Sólo cuando la pauta sintomática dura tiempo y permanece, debemos intentar valorarlo como patológico.

Y es en este caso cuando el tratamiento psicológico del paciente puede ayudar mucho a solucionar dicho trastorno. 
El enfoque debería ser siempre pluridisciplinar y no únicamente farmacológico, y en todo caso, que no fuese la química el principal medio de combatir ese problema.

Cada día que pasa, más cuenta nos damos de lo importante que resulta lo que sentimos en nuestro interior, pero no como una enfermedad del engranaje corporal, sino como una alteración funcional por malestar psicológico que puede reconducirse, siempre que sepamos escuchar lo que nos cuenta nuestro cuerpo.

Todo lo que está en nuestro interior tiene un gran efecto en nuestra forma de sentir y refleja también lo que expresamos.

Para ello, y para explicarlo mejor, hay un ejemplo que a mi entender es excepcional, y es de Fidel Delgado en una de sus magistrales conferencias recientes. 
Vaya hacia él de mi parte un gran reconocimiento y un enorme respeto por su capacidad de expresar lo que somos de un modo tan especial, particular y casi insuperable.

Si nos podemos comparar con un botijo, tengamos en cuenta que tiene dos aberturas, una de grande por donde entra lo que deba entrar, y otra más pequeña que permite vaciar lo que ha entrado.

Si lo que ha entrado es bueno, fresco y adecuado, saldrá igualmente al exterior sin ningún problema colateral, pero si lo que ha entrado está contaminado, sucio o deteriorado, al vaciarse, saldrá lo mismo que ha entrado con el mismo poder contaminante que tenía en un principio.

Dejemos pues fluir con flexibilidad aquello que se nos mueve por dentro y no dejemos que nos bloquee un sufrimiento al retener lo que no debemos o al sacar de nuestro interior lo que necesitamos.

Esa es una de sus muchas sugerencias para ser capaces de crecer de verdad, sin que los síntomas expresados pasen desapercibidos por la mayoría de seres humanos, rígidos, inflexibles y total y absolutamente sordos al intentar escuchar a su propio cuerpo. 



Gracias Fidel por tus sabias palabras y por acercarnos a un mayor conocimiento de nosotros mismos.


dilluns, 15 d’abril de 2013

LA INDEPENDENCIA


¿Somos realmente independientes o simplemente lo decimos para convencernos a nosotros mismos?

La independencia como tal, es un concepto muy particular y suele entenderse más según nos conviene, que por la propia definición de la palabra.

La independencia podría definirse como la capacidad del ser humano de valerse por sí mismo, asumir las responsabilidades propias, satisfacer las necesidades básicas y encaminarse hacia los objetivos deseados, sin que deba producirse necesariamente una ayuda o supervisión por parte de otras personas que se relacionen con él. 



De un modo u otro, todos esperamos algún día ser independientes, y poder hacer y deshacer a nuestro antojo. 
Es una especie de objetivo con el que nacemos y vamos desarrollando según las experiencias de vida que acumulamos con los años. 

Se aprende a ser independiente a partir del momento en que ya somos conscientes de que dependemos de algo o alguien.

Esa es una fase difícil, porque las normas que rigen o nos imponen nos hacen envidiar la independencia como camino para poder ser felices y estar del todo satisfechos.

El problema principal radica en la planificación de nuestra posible futura independencia.

Ello requiere una madurez suficiente, puesto que en caso contrario, difícilmente podremos conseguirlo. 
Llegar a ese punto, aunque lo hayamos imaginado un montón de veces, va a suponer un esfuerzo y un autoconocimiento profundo.

Nunca antes en nuestra vida, hemos estado solos, y las repercusiones de sentirlo son significativas. 




Estamos en el momento del “Yo”, para intentar conseguir lo que queremos con nuestro esfuerzo. 

La madurez implica ser responsable de tus propias decisiones, sin dejar que sean otros los que opinen o decidan, y que por tanto, sean ellos los que gobiernen nuestras acciones y respuestas.
 Lo que yo hago, debo asumirlo con todas sus consecuencias, buenas y malas.

El riesgo a equivocarse, a no conseguir lo que nos proponemos y el miedo a lo desconocido, harán mella en cada uno de nosotros, pero nos permitirán aprender y tener experiencia ante aquello que nos ofrece la vida y puede interesarnos.

Eso sí, ser independiente no consiste en anular a nadie, sino en promocionarse uno mismo y potenciar todas las facultades y capacidades que tiene para conseguir lo que quiere.

Ser independiente, no consiste entonces en negar a nadie, ni obligarlo a que haga lo que queremos. 

Consiste en autoreafirmarse con lo que hace y quiere hacer, respetando a los demás y respetándose a sí mismo con una actitud positiva, de comunicación y de tolerancia ante el desacuerdo.

Las cadenas que vamos rompiendo en este proceso, nos hacen cada vez más fuertes, y así conseguimos esa libertad por la que hemos tenido que esforzarnos hasta conseguirla. 




La independencia, no debería ser únicamente económica, es decir, también requeriría que lo fuese a nivel emocional y afectivo. 

Económicamente, somos independientes cuando tenemos la capacidad de ganar el dinero suficiente para mantenernos y sobrevivir sin ayuda externa. 
Está claro, que a día de hoy, ese paso resulta muy y muy difícil. 
Las oportunidades no abundan, y las que tenemos no son consideradas como especialmente interesantes. 
Ante esa situación, solamente tenemos dos opciones:

- O bien redefinimos lo que significa ser independiente, pero permitiendo “ciertas” ayudas externas (padres, familiares, amigos), y por lo tanto, al vivir solos ya somos totalmente independientes o eso nos empeñamos a creer, y nos molesta soberanamente que alguien dude al respecto

- O bien aceptamos que no podemos serlo, con lo que empiezan los problemas emocionales derivados de esa aparente derrota ante la que no parece que podamos hacer mucho para superar y vencer. Empieza el malestar emocional que influye en lo que hacemos y afecta a los que se relacionan con nosotros en nuestra rutina diaria. 



Emocionalmente, somos independientes cuando no necesitamos a otra persona para ser felices.
Nos gusta compartir nuestra vida y afectividad con los demás, pero por deseo expreso y no por obligatoriedad. 
Escogemos con quién queremos estar y relacionarnos en el ámbito social. 

A nivel familiar, los vínculos son los que son, y por ello, es muy aconsejable y coherente tratar de relacionarnos tan intensamente como sea posible. 
Está claro que esa situación no siempre resulta fácil ni posible, pero deberíamos intentarlo para sentirnos satisfechos y sin sentimientos de culpa posteriores. 

Suele ser con nuestra pareja con quién más estrechamente solemos relacionarnos, y debemos recordar que no somos propiedad de nadie, ni que nadie es de nuestra propiedad. Ese concepto nos evitará sensaciones y sentimientos negativos. 
Decidimos tener un proyecto de futuro con esa persona y actuaremos en consecuencia de modo consciente, voluntario y deseado. 
Compartimos voluntariamente, sin imposiciones ni obligaciones, decidimos lo más conveniente desde un punto de vista plural (ambos), es decir, dejamos de ser “yo” para convertirnos en “nosotros”. 




Ser autosuficiente, nunca debería ser sinónimo de otras concepciones como: soberbio, egoísta, engreído, ser superior, etc. 
Debería definir a la persona que sabe utilizar sus recursos para seguir adelante, sin renunciar a nada ni a nadie, pero eso sí, por deseo y elección propia, y no por auto-imposición o necesidad personal o ajena. 

Siendo independientes, somos nuestros únicos responsables, y culpar a los demás o a las situaciones, nunca nos producirá ningún probable bienestar.

Es por ello que suele ser complicado llegar a este punto de equilibrio personal con uno mismo, y que el tiempo que tardamos en conseguirlo es distinto para cada uno de nosotros.

Algunos, nunca conseguirán llegar a ser del todo independientes. 
Otros llegarán después de mucho esfuerzo, y sólo algunos podrán desarrollar su auténtico potencial independiente al conseguir una coincidencia de sentido común, esfuerzo, respeto, comprensión, aprendizaje y deseo personal de gratificación y satisfacción por lo que estamos viviendo, independientemente de las dificultades que aparezcan y puedan enturbiar nuestro estado de conciencia.

Buscar ayuda si la necesitamos, o pedirla para superar un obstáculo, es totalmente lícito. Acostumbrarnos a hacerlo, no.

El ser humano, puede considerarse social por naturaleza, y por esa razón, ha podido avanzar y coronarse en la punta de poder de la pirámide animal.
El problema es que a lo largo de su evolución, ha malinterpretado tanto su dependencia como su independencia, hasta el punto de cometer el error de creer ciegamente en su poder para someter todo aquello que le rodea. 
Este hecho no le ha favorecido ser independiente, sino agresivo, impulsivo, soberbio y destructor. 

Es necesario aprender a ser independiente de otra forma, que nos facilite el reencuentro con nosotros mismos sin los perjuicios y malos hábitos que hemos estado acumulando sin cesar. Desde que empezamos a creernos seres superiores, y por ello, los más cercanos a los Dioses de la creación, los problemas no sólo no han disminuido, sino que siguen aumentando de forma considerable.


"Son pocos los que logran ser independientes. Ello es un privilegio de los fuertes. Quién intenta serlo teniendo el mayor derecho a ello, pero sin considerarlo un deber, demuestra no sólo que es fuerte, sino temerario hasta el desenfreno"

                                                                       Friedrich Wilhelm Nietzsche