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diumenge, 3 de març de 2013

LAS BUENAS INTENCIONES

Antes de nada me gustaría hablar del concepto básico: la “intención”. Es la determinación de la voluntad para conseguir algún objetivo o llegar a un fin esperado. 
Ya la ha estudiado el Dr. Wayne W. Dyer, doctor en Psicología y Psicoterapeuta, y la considera como una fuerza universal que nos permite llevar a cabo el arte de crear, con la posibilidad de ser más felices al intentar conseguir aquello que deseamos. Cree que la intención no es algo interno a nosotros que nos impulsa a hacer, sino como una energía de la que, sin saberlo, participamos. 

Dicho esto, nos centraremos en hablar de las buenas intenciones.

Cuántas veces hemos intentado hacer algo con “buena intención”, tanto hacia nosotros mismos como hacia los demás, pero por alguna razón, no conseguimos llegar a buen puerto en este sentido. Nos parece extraño que nuestra intención no haya resultado como habíamos previsto y no entendemos el porqué. Aquello que nos proponíamos acaba extinguiéndose por sí mismo sin llegar a producirse.
Lo más importante es que, sin darnos mucha cuenta, proyectamos aquello que consideramos mejor o más adecuado, pero olvidamos que los demás no son como nosotros, y con mucha probabilidad, no valorarán lo que intentamos hacer tal como lo hacemos nosotros.
De ahí que una buena intención por mi parte, puede no ser así para otra persona. Aquí se inicia el conflicto: no puedo aceptar que algo que hago con buena intención, no sea aceptado como tal por los demás, lo cual, provoca un sinfín de malos entendidos y de tensiones interpersonales que pueden ser muy negativas y causar multitud de problemas. 

Prestemos más atención a lo que, supuestamente, hacemos con buena intención, sin dar por seguro que será aceptado.
Es bueno conocernos a nosotros mismos, y en lo posible, a los demás, para encontrar la mejor manera de actuar con esa intención positiva.
No supongamos nada que podamos corroborar en realidad, preguntemos y aseguremos las opciones.
Concretemos en lo posible lo que queremos hacer. No busquemos el causar buena impresión en los demás, sino ser resolutivos en su justa medida pero con eficacia.
Analicemos que podemos hacer en cada caso teniendo en cuenta la diversidad de opiniones y diferentes puntos de vista. No demos por sentado que nuestro enfoque es el único correcto. Busquemos un equilibrio que nos permita disfrutar con lo que hacemos y con lo que recibimos. No impongamos soluciones, compartamos posibles opciones para mejorar. 
Dejemos de ser absolutistas para escuchar lo que los demás necesitan, y decidamos por consenso y no por propia atribución.
La buena intención debería ser como la sal en la cocina, se necesita la justa y suficiente, ni más ni menos.

Ya lo dice Walter Scott, escritor romántico británico: “El infierno está empedrado de buenas intenciones”.