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dijous, 16 de gener de 2014

EL LADO OSCURO DEL SER HUMANO

Toda persona tiene un lado oscuro, que esconde en su interior de forma más o menos consciente y que puede manifestarse según el momento y la situación que se esté viviendo.

Hay muchos ejemplos de expresión de este lado oscuro, en dónde hemos mostrado parcialmente o en su totalidad, esa parte escondida que asoma para mostrar su auténtica esencia negativa y un tanto maléfica, con el agravante de que no puede considerarse únicamente como un impulso o instinto primario que surge de nuestro inconsciente de forma espontánea y no premeditada.




El Dr. David Figueroa Flores, psiquiatra y Máster en PNL, lo denomina “sombra personal” y se desarrolla y crece desde nuestra infancia con todas aquellas experiencias, aprendizajes y situaciones vividas que son desterradas por nosotros mismos o los demás, al no ser consideradas adecuadas para mantenerlas en vigor en nuestra vida rutinaria. Es como un vertedero al que vamos llenando de desperdicios y que de un modo u otro, con el paso del tiempo, aparece pequeñas muestras de su existencia (mal olor, suciedad, etc.).

Nuestra sombra personal se debate con nuestra consciencia para manifestarse día a día, y ello nos obliga a un esfuerzo suplementario de intento de contención y/o represión que no siempre conseguimos realizar.

Esta sombra y su necesidad de manifestarse, debe mantenernos en un estado permanente de alerta, puesto que podría acarrearnos multitud de problemas en todos los sentidos.

Aparece en momentos en los que nuestro estado de consciencia puede cambiar (relajarse o alterarse):

- Al dormir, soñamos con multitud de extrañas situaciones y a la vez, inverosímiles donde las haya. Nuestras defensas conscientes no pueden contener con la misma fuerza esos impulsos más oscuros.

- Al haber consumido determinadas substancias (drogas, alcohol, psicotrópicos,…). Actúan como depresores de nuestro Sistema Nervioso, y por lo tanto, permiten que se liberen con más facilidad cualquier tipo de deseos y pensamientos menos “adecuados”.

- En una discusión acalorada en la que nos sentimos enfadados, airados y alterados, por algún motivo podemos mostrar nuestra agresividad y/o violencia ante el asombro de los que nos conocen (y que nunca nos habían visto así)

Es importante pues que tengamos presente en nosotros esa sombra personal y no nos la neguemos ni nos la ocultemos, puesto que sólo siendo conscientes de su influencia podemos controlar sus manifestaciones. Eso no quiere decir que podamos someterla, pero por lo menos estaremos con un nivel de alerta suficientemente activo como para evitar descontroles significativos en nuestras respuestas conductuales.



Las preguntas obligadas que se me ocurren ante esa situación son las siguientes:



¿Es el ser humano bueno por naturaleza?

¿Puede controlar esa sombra personal en cualquier situación?

¿Qué desata los actos más agresivos y violentos en el ser humano?

¿Podemos convivir con nuestra sombra personal sin temor alguno?



En el punto en que estamos ahora, parece que nuestro lado más negativo acecha constantemente y espera una mínima oportunidad para mostrarse en todo su potencial. Si esa opción fuera cierta, deberíamos deducir que el ser humano es oscuro por naturaleza y que tratamos de controlar constantemente dicha actitud negativa y desadaptativa.




Yo no creo en absoluto que sea así. 

Ante determinadas presiones en cualquier ámbito que pueda influirnos y ante la iteración y repetición de situaciones que nos hacen sentir frustrados e insatisfechos, podemos liberar nuestra “bestia interior” y generar conflictos intra e interpersonales.

Ello solo reafirma la gran capacidad del ser humano en ser influenciado y en actuar conforme a una figura de autoridad, orden o compromiso adquirido ante otros congéneres, a los que se les presupone por encima en una estructura de poder y/o respeto.

Hay un ejemplo a tener en cuenta que puede ayudar a entender lo que ocurre en situaciones extremas: 
EL EXPERIMENTO MILGRAM.
Para explicar dicho experimento, cito textualmente lo que aparece en la Enciclopedia Libre Universal en español.

El experimento de Milgram fue un famoso ensayo científico de psicología social llevado a cabo por Stanley Milgram, psicólogo en la Universidad de Yale, y descrito en un artículo publicado en 1963 en la revista Journal of Abnormal and Social Psychology bajo el título: “Estudio del comportamiento de la obediencia”, y resumido en 1974 en su libro: “Obediencia a la autoridad. Un punto de vista experimental.”

El fin de la prueba era medir la buena voluntad de un participante a obedecer las órdenes de una autoridad aún cuando estas puedan entrar en conflicto con su conciencia personal.

Los experimentos comenzaron en julio de 1961 un año después de que Adolf Eichmann fuera juzgado y sentenciado a muerte en Jerusalén por crímenes contra la humanidad durante el régimen nazi en Alemania.

Milgram estaba intrigado de cómo un hombre completamente normal e incluso aburrido y que no tenía nada en contra de los judíos podría ser activo participe del Holocausto. ¿Podría ser que él y el millón de cómplices únicamente siguiesen órdenes?

Milgram lo resumiría al escribir:
"Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio"
                         Stanley Milgram. The Perils of Obedience (Los peligros de la obediencia. 1974)


MÉTODO DEL EXPERIMENTO 

A través de anuncios en un periódico, se solicitaron voluntarios para participar en un ensayo relativo al «estudio de la memoria y el aprendizaje». A los voluntarios que se presentaron se les ocultó que en realidad iban a participar en un investigación sobre la obediencia a la autoridad. Los participantes eran personas de entre 20 y 50 años de edad y de todo tipo de educación.

El investigador comunica al participante voluntario a investigar y a otro que se hace pasar también por participante pero que en realidad es un cómplice del investigador, que están participando en un experimento para probar los efectos del castigo en el comportamiento del aprender. Se les señala que es escasa la investigación llevada a cabo en este campo y se desconoce cuánto castigo es necesario para un mejor aprendizaje.

A continuación, cada uno de los dos participantes escoge un papel de una caja que determinará su rol en el experimento. El cómplice toma su papel y dice haber sido designado como alumno. El participante voluntario toma el suyo y ve que dice maestro. En realidad en ambos papeles ponía maestro y así se consigue que el voluntario con quien se va a experimentar reciba forzosamente ese papel.

Separado por un módulo de vidrio del maestro, el alumno se sienta en una especie de silla eléctrica y se le ata para impedir un movimiento excesivo. Se le colocan unos electrodos en su cuerpo con crema para evitar quemaduras y se señala que las descargas pueden llegar a ser extremadamente dolorosas pero que no provocarán daños irreversibles. Todo esto lo observa el participante.

Se comienza dando tanto al "maestro" como al "alumno" una descarga real de 45 voltios con el fin de que el "maestro" compruebe el dolor del castigo y la sensación desagradable que recibirá su "alumno". Seguidamente el investigador, sentado en el mismo módulo en el que se encuentra el "maestro", proporciona al "maestro" una lista con pares de palabras que ha de enseñar al "alumno". El "maestro" comienza leyendo la lista a éste y tras finalizar le leerá únicamente la primera mitad de los pares de palabras dando al "alumno" cuatro posibles respuestas para cada una de ellas. Si la respuesta es errónea, el "alumno" recibirá del "maestro" una primera descarga de 15 V que se irá aumentando en intensidad hasta los 30 niveles de descarga existentes, es decir, 450 V. Si es correcta, se pasará a la palabra siguiente.




El "maestro" cree que le está dando descargas al "alumno" cuando en realidad todo está simulado. El "alumno" ha sido previamente aleccionado por el investigador para que vaya simulando los efectos de las sucesivas descargas. Así, a medida que el nivel de descarga aumenta, el "alumno" comienza a golpear en el vidrio que lo separa del "maestro" y se queja de su condición de enfermo del corazón, luego aullará de dolor, pedirá el fin del experimento, y finalmente, al alcanzarse los 270 V, gritará de agonía. Lo que el participante escucha es en realidad un grabación de gemidos y gritos de dolor. Si el nivel de supuesto dolor alcanza los 300 V, el "alumno" dejará de responder a las preguntas y se producirán estertores previos al coma.

Por lo general, cuando los "maestros" alcanzaban los 75 V, se ponían nerviosos ante las quejas de dolor de sus "alumnos" y deseaban parar el experimento pero la férrea autoridad del investigador les hacía continuar. Al llegar a los 135 V, muchos de los "maestros" se detenían y se preguntaban el propósito del experimento. Cierto número continuaba asegurando que ellos no se hacían responsables de las posibles consecuencias. Algunos participantes incluso comenzaban a reír nerviosos al oír los gritos de dolor provenientes de su "alumno".

Si el "maestro" expresaba al investigador su deseo de no continuar, éste le indicaba imperativamente y según el grado:

· ¡Continúe, por favor!

· ¡El experimento requiere continuar!

· ¡Es absolutamente esencial que usted continúe!

· ¡Usted no tiene opción alguna! ¡Debe continuar!

Si después de esta última frase el "maestro" se negaba a continuar, se paraba el experimento.

En el experimento original, aunque si bien el límite de descargas estaba en 450 V, todo el mundo paró en un mismo punto y cuestionó el experimento. Otros incluso dijeron que devolverían el dinero que les habían pagado. El estudio posterior de los resultados y el análisis de los múltiples tests realizados a los participantes demostraron que los "maestros" con un contexto social más parecido al de su "alumno" paraban el experimento antes.


RESULTADOS 

Milgram creó una película documental que demostraba el experimento y sus resultados, titulada Obediencia, cuyas copias originales son difíciles de encontrar hoy en día.

Antes de llevar a cabo el experimento, el equipo de Milgram estimó cuales podían ser los resultados en función de encuestas hechas a estudiantes, adultos de clase media y psicólogos. Consideraron que el promedio de descarga se situaría en 130 V con una obediencia al investigador del 0 %. Todos ellos creyeron unánimemente que solamente algunos sádicos aplicarían el voltaje máximo.

El desconcierto fue grande cuando se comprobó que el 65% de los sujetos que participaron como "maestros" en el experimento administraron el voltaje límite de 450 a sus "alumnos", aunque a muchos les situase el hacerlo en una situación absolutamente incómoda. Ningún participante paró en el nivel de 300 V, límite en el que el alumno dejaba de dar señales de vida. Otros psicólogos de todo el mundo llevaron a cabo variantes de la prueba con resultados similares, a veces con diversas variaciones en el experimento.

En 1999, Thomas Blass, profesor de la universidad de Maryland publicó un análisis de todos los experimentos de este tipo realizados hasta entonces y concluyó que el porcentaje de participantes que aplicaban voltajes notables se situaba entre el 61% y el 66% sin importar el año de realización ni la localización de los estudios.


REACCIONES

Lo primero que se preguntó el desconcertado equipo de Milgram fue cómo era posible que se hubiesen obtenido estos resultados. A primera vista, la conducta de los participantes no revelaba tal grado de sadismo, ya que se mostraban preocupados por su propia conducta demuestra que esto no era así, pues todos se mostraban nerviosos y preocupados por el cariz que estaba tomando la situación y al enterarse de que en realidad la cobaya humana no era más que un actor y que no le habían hecho daño suspiraban aliviados. Por otro lado eran plenamente conscientes del dolor que habían estado infringiendo, pues al preguntarles por cuánto sufrimiento había experimentado el alumno la media fue de 13 en una escala de 14.

Creo que lo que debería preocuparnos de verdad es lo influenciables que podemos llegar a ser en circunstancias extremas, y de cómo podemos cambiar nuestros propios criterios y decisiones en base a determinadas sensaciones que nos provocan miedo, ansiedad, dolor, sufrimiento o inseguridad.

Si una ley es injusta, ¿deberíamos acatarla aunque la mayoría lo acepte?

Si un hecho que ocurre no nos parece adecuado, ¿haremos algo para evitarlo?

El sentirnos solos ante el hecho de tomar una decisión, sin el aparente amparo del grupo, o sin el apoyo de nuestro entorno socio-familiar, hace que cambiemos nuestra decisión por muy firme que pareciera desde un principio, lo que indicaría que por supervivencia (puro instinto visceral) somos capaces de cualquier cosa.

Quizás deberíamos seguir ahondando en nuestra sombra interior para descubrir cómo protegernos a nosotros mismos de esa falta de iniciativa para responder a nuestros miedos interiores.

Añado por si os interesa un vídeo del experimento Milgram.